INDEPENDIENTES DEL PERÙ

Publicado el 9 de Agosto, 2006, 17:46

El siguiente relato, sucedió en el Perú, en la época del caucho, se cometieron una barbaridad de horrores con los nativos en la amazonía, un crimen que no debería quedar impune, si de acuerdo a nuestras leyes, los asesinatos NUNCA PRESCRIBEN....


Redacción ILJC                                                      ___________________________________                        Año 1 N° 93 - 09/08/06

 

MIGUEL LOAYZA EN EL ENCANTO

 

El lugar era el paraíso, Putumayo, a la vera de caudalosos y serenos ríos, la plenitud del trópico, los ruidos de la vida animal, los indios Boras, Wititos, Ocaínas, Muinanes,

Nonuyas, Andoques, Rezígaros, todos ellos organizados en tribus o clanes, pequeñas naciones, dirigidas por jefes o patriarcas llamados capitanes. No eran todas, habían muchas mas pequeñas tribus. Maquillados para la caza, con las indias siguiendo a sus maridos, con sus hijos aferrados a sus generosos pechos y tejiendo sus ropas vivían la selva a su manera. De pronto, era 1900, el paraíso se tornó un infierno. Llegó la modernidad. Abundaba el látex, la industria automovilística en auge, Ford pletórico de riquezas clamaba por el caucho. El mundo debía girar, esta vez mas rápido, sobre ruedas.

Desde mediados del siglo XIX, emerge una zona de intenso comercio que tiene como eje a los ríos Putumayo y Amazonas. Comprende las ciudades de Iquitos, Leticia, Manaos, Cauca, Pasto, Tolima, entre otras. Es una zona ubicada en el extremo noreste del Perú, al sur de Colombia y al noroeste del Brasil. La selva virgen es horadada por el comercio y la necesidad del caucho. Para los pacíficos nativos, la vida dio un vuelco.

En los primeros años del siglo XX, ya operaba en esa zona amazónica el emprendedor peruano Julio César Arana, que había formado la empresa Julio C. Arana y Hnos. en Iquitos, explotaba el caucho al norte del Putumayo, asociado con caucheros colombianos, a quienes poco a poco absorbió, despojó y destruyó. Arana se desplaza por la zona amazónica cauchera, en un buque a vapor El Liberal, una nave de camarotes lujosos, bodegas para el caucho y calabozos para los impertinentes. La seguridad estaba prevista, todos los viajes del cauchero eran flanqueados por la nave de guerra Iquitos, armada de seis cañones, dos ametralladoras y 85 hombres del cuartel loretano. Evidentemente, Arana ya era muy importante, mas ahora que dirige The Peruvian Amazon Rubber Company, para agradar a los ingleses y asociado con ingleses y norteamericanos. Las oficinas centrales de las empresas de Arana estaban en el Encanto. Allí, las historias no nos pueden provocar sino espanto.La empresa cauchera fue creciendo, ejecutivos y directores anglosajones se trazaron el objetivo de proyectarla a los mercados mas grandes de la industria automotriz. La producción, por tanto no podía parar. Los eficientes  y modernos ejecutivos debían garantizar la producción. Claro, sin mayores costos y sin obstáculos de ninguna clase. Para este objetivo empresarial, como ningún otro estaba: Miguel Loayza, el gerente asentado en El Encanto, por muchos años, para beneplácito de los compradores de caucho, la empresa Arana y sus sofisticados ejecutivos. Los nativos, lo padecieron hasta el exterminio.

Miguel Loayza fue un Jefe de sección, como lo fue Víctor Macedo, en El Encanto y La Chorrera respectivamente, solo que el primero se convirtió en la leyenda negra del crimen, según acusación de los jueces que  vieron la causa y lo culparon de ser el autor material y directo de las masacres y el genocidio de Putumayo. Para Miguel Donaire Pineda (del Programa del Doctorado de la Universidad Autónoma de Madrid), y otros conocedores del  tema, solo en los primeros años del siglo XX, se mató de 40 a 60 mil nativos de diversas naciones. No todos victimados por el malvado de El Encanto, pero si utilizando sus métodos: quemar vivos, torturar hasta agusanar, usar cepos, estupros, mutilaciones, persecuciones, entre otros. Hay registro de cómo Loayza soltaba a los nativos y los perseguía por el bosque cazándolos con poderosos fusiles y escopetas, cercenaba penes y narices a los que no cumplían con recoger suficiente caucho. El propósito era elevar la producción sacrificando la mano de obra nativa. De ésta hecatombe, solo quedan las ruinas de las construcciones de entonces y el silencio, el olvido de un holocausto producido en la Amazonía. Aunque, hace algún tiempo, la National Geographic produjo un documental recordando el  alucinado e inútil capricho denominado Fordlandia.

Es pertinente señalar que los repulsivos e indignantes hechos de la región de Putumayo,  pueden ser conocidos y confirmados en su veracidad. Hay testimonios como el del Cónsul inglés Roger Cassement, en los archivos judiciales de la época, en los escritos del magistrado Carlos Valcárcel, publicados bajo el epígrafe El proceso de Putumayo y sus secretos inauditos, y otros que hemos referido al inicio de éste artículo.

¿Porque sucedieron estos hechos? ¿Y el Estado?.  En los primeros años del siglo XX, se produjo un descenso del precio internacional del caucho. La solución fue, producir mas, vender mas y hacer que los nativos produzcan mas. Pero la sobreexplotación rebasaba lo económico. Por un lado, el Estado abdicó su intervención tuitiva en la zona (¡Declarada neutral!), ningún funcionario podía intervenir en asunto alguno; el racismo contra el nativo, el débil aparato judicial corrupto, facilitaron lo que Stefano Varese llamó en La Sal de los Cerros, (1973), las matanzas  ejemplares de los civilizados.

Todo tiene su final. Nada dura para siempre. Hasta en el mismo infierno. Benjamín Saldaña Roca, periodista, hizo la primera  denuncia de estos hechos, ante el Juzgado  de 1ra. Instancia de la ciudad de Iquitos, el 9 de agosto de 1907. La denuncia fue paralizada. Un tiempo después, un joven ingeniero norteamericano Walter Hardenburg volvió a hacer las denuncias, después de haber padecido y comprobado la siniestra hospitalidad de El Encnato, y con el escándalo y el respaldo internacional, los genocidas fueron juzgados. La empresa de cauchera quebró rotundamente.

En la revista digital La Rama Torcida (www.laramatorcida.com.pe), de noviembre del 2005, se reflexiona sobre las profundas heridas que la explotación cauchera abrió en la naturaleza, en los pueblos indígenas vejados por sus saqueadores y en la abdicación del Estado peruano de su función de proteger a la persona. Dicen que lo sucedido en Putumayo es para decir ¡Basta!.

Hoy, recordamos esta infame historia, seguros que nuestros ojos no ven los nuevos Putumayos del mundo actual. No lo hemos podido comprobar: ¿Miguel Loayza, después llegó a ser parlamentario?. 

Publicado en jirón Huancavelica 320 . Cercado de Lima – Perú.

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