El siguiente relato, sucedió en el Perú, en la época del caucho, se cometieron una barbaridad de horrores con los nativos en la amazonía, un crimen que no debería quedar impune, si de acuerdo a nuestras leyes, los asesinatos NUNCA PRESCRIBEN....
Redacción
ILJC ___________________________________ Año
1 N° 93 - 09/08/06
MIGUEL
LOAYZA EN EL ENCANTO
El lugar era el paraíso, Putumayo, a la vera de
caudalosos y serenos ríos, la plenitud del trópico, los ruidos de la vida
animal, los indios Boras, Wititos, Ocaínas, Muinanes,
Nonuyas, Andoques, Rezígaros, todos ellos
organizados en tribus o clanes, pequeñas naciones, dirigidas por jefes o
patriarcas llamados capitanes. No eran todas, habían muchas mas pequeñas tribus.
Maquillados para la caza, con las indias siguiendo a sus maridos, con sus hijos
aferrados a sus generosos pechos y tejiendo sus ropas vivían la selva a su
manera. De pronto, era 1900, el paraíso se tornó un infierno. Llegó la
modernidad. Abundaba el látex, la industria automovilística en auge, Ford
pletórico de riquezas clamaba por el caucho. El mundo debía girar, esta vez mas
rápido, sobre ruedas.
Desde mediados del siglo XIX, emerge una zona de
intenso comercio que tiene como eje a los ríos Putumayo y Amazonas. Comprende
las ciudades de Iquitos, Leticia, Manaos, Cauca, Pasto, Tolima, entre otras. Es
una zona ubicada en el extremo noreste del Perú, al sur de Colombia y al
noroeste del Brasil. La selva virgen es horadada por el comercio y la necesidad
del caucho. Para los pacíficos nativos, la vida dio un vuelco.
En los primeros años del siglo XX, ya operaba en
esa zona amazónica el emprendedor peruano Julio César Arana, que había formado
la empresa Julio C. Arana y Hnos. en Iquitos, explotaba el caucho al
norte del Putumayo, asociado con caucheros colombianos, a quienes poco a poco
absorbió, despojó y destruyó. Arana se desplaza por la zona amazónica cauchera,
en un buque a vapor El Liberal, una nave de camarotes lujosos, bodegas
para el caucho y calabozos para los impertinentes. La seguridad estaba prevista,
todos los viajes del cauchero eran flanqueados por la nave de guerra
Iquitos, armada de seis cañones, dos ametralladoras y 85 hombres del
cuartel loretano. Evidentemente, Arana ya era muy importante, mas ahora que
dirige The Peruvian Amazon Rubber Company, para agradar a los
ingleses y asociado con ingleses y norteamericanos. Las oficinas centrales de
las empresas de Arana estaban en el Encanto. Allí, las historias no nos pueden
provocar sino espanto.La empresa cauchera fue creciendo, ejecutivos y
directores anglosajones se trazaron el objetivo de proyectarla a los mercados
mas grandes de la industria automotriz. La producción, por tanto no podía parar.
Los eficientes y modernos
ejecutivos debían garantizar la producción. Claro, sin mayores costos y sin
obstáculos de ninguna clase. Para este objetivo empresarial, como ningún otro
estaba: Miguel Loayza, el gerente asentado en El Encanto, por muchos años, para
beneplácito de los compradores de caucho, la empresa Arana y sus sofisticados
ejecutivos. Los nativos, lo padecieron hasta el exterminio.
Miguel Loayza fue un Jefe de sección, como lo fue
Víctor Macedo, en El Encanto y La Chorrera respectivamente, solo que el primero
se convirtió en la leyenda negra del crimen, según acusación de los jueces
que vieron la causa y lo culparon
de ser el autor material y directo de las masacres y el genocidio de Putumayo.
Para Miguel Donaire Pineda (del Programa del Doctorado de la Universidad
Autónoma de Madrid), y otros conocedores del tema, solo en los primeros años del
siglo XX, se mató de 40 a 60 mil nativos de diversas naciones. No todos
victimados por el malvado de El Encanto, pero si utilizando sus métodos: quemar
vivos, torturar hasta agusanar, usar cepos, estupros, mutilaciones,
persecuciones, entre otros. Hay registro de cómo Loayza soltaba a los nativos y
los perseguía por el bosque cazándolos con poderosos fusiles y escopetas,
cercenaba penes y narices a los que no cumplían con recoger suficiente caucho.
El propósito era elevar la producción sacrificando la mano de obra nativa. De
ésta hecatombe, solo quedan las ruinas de las construcciones de entonces y el
silencio, el olvido de un holocausto producido en la Amazonía. Aunque, hace
algún tiempo, la National Geographic produjo un documental recordando el alucinado e inútil capricho denominado
Fordlandia.
Es pertinente señalar que los repulsivos e
indignantes hechos de la región de Putumayo, pueden ser conocidos y confirmados en su
veracidad. Hay testimonios como el del Cónsul inglés Roger Cassement, en los
archivos judiciales de la época, en los escritos del magistrado Carlos
Valcárcel, publicados bajo el epígrafe El proceso de Putumayo y sus
secretos inauditos, y otros que hemos referido al inicio de éste
artículo.
¿Porque sucedieron estos hechos? ¿Y el
Estado?. En los primeros años del
siglo XX, se produjo un descenso del precio internacional del caucho. La
solución fue, producir mas, vender mas y hacer que los nativos produzcan mas.
Pero la sobreexplotación rebasaba lo económico. Por un lado, el Estado abdicó su
intervención tuitiva en la zona (¡Declarada neutral!), ningún funcionario podía
intervenir en asunto alguno; el racismo contra el nativo, el débil aparato
judicial corrupto, facilitaron lo que Stefano Varese llamó en La Sal de los
Cerros, (1973), las matanzas
ejemplares de los civilizados.
Todo tiene su final. Nada dura para
siempre. Hasta en el mismo infierno. Benjamín Saldaña Roca, periodista, hizo
la primera denuncia de estos
hechos, ante el Juzgado de 1ra.
Instancia de la ciudad de Iquitos, el 9 de agosto de 1907. La denuncia fue
paralizada. Un tiempo después, un joven ingeniero norteamericano Walter
Hardenburg volvió a hacer las denuncias, después de haber padecido y comprobado
la siniestra hospitalidad de El Encnato, y con el escándalo y el respaldo
internacional, los genocidas fueron juzgados. La empresa de cauchera quebró
rotundamente.
En la revista digital La Rama Torcida (www.laramatorcida.com.pe), de noviembre del 2005, se reflexiona sobre las
profundas heridas que la explotación cauchera abrió en la naturaleza, en los
pueblos indígenas vejados por sus saqueadores y en la abdicación del Estado
peruano de su función de proteger a la persona. Dicen que lo sucedido en
Putumayo es para decir ¡Basta!.
Hoy, recordamos esta infame historia, seguros que
nuestros ojos no ven los nuevos Putumayos del mundo actual. No lo hemos podido
comprobar: ¿Miguel Loayza, después llegó a ser parlamentario?.
Publicado en jirón Huancavelica 320 . Cercado de
Lima – Perú.
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